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Entre Alasitas, carnavales y pepinos los bolivianos exhiben sus raíces indígenas

La diablada es una de las más vistosas comparsas

La Diablada, baile mayor del carnaval de Oruro, representa al llamado "tío", el ser maligno del subsuelo con el que se enfrentan los mineros en su trabajo diario y que en el Carnaval llegan bailando hasta la iglesia de la Virgen del Socavón y frente a ella pierden la batalla con los ángeles. 2 de febrero de 2008, Oruro, Bolivia, Foto de Ximena Bedregal.

(Crónica de los carnavales del 2008)

Rosa Rojas

La Paz, Bolivia., Si algo saca a flote las raíces indígenas de la mestiza sociedad urbana boliviana, es el ciclo de
fiestas que articulan las ancestrales festividades indígenas con las celebraciones de carnestolendas de la cuaresma cristiana.

La seguidilla inició el  24 de enero con la feria de la miniatura y la abundancia, las
Alasitas; siguió con las entradas del sábado de Carnaval en pueblos y ciudades
y el 4 de febrero con la de Jisk´a Anata (pequeña fiesta en aymara), celebración
eminentemente rural de la floración que augura una buena cosecha, aunque en la
Bolivia profunda los festejos de la Anata empezaron recién el miércoles de
ceniza.

Un largo “puente” de feriado oficial inició con las Alasitas y culminó el martes
de Ch’alla (ofrenda con la que se bendicen las cosas materiales). Miércoles,
jueves y viernes fueron un respiro para reponerse del ch´akhi (cruda o resaca
en aymara) y el ciclo festivo se cerró el domingo “de tentación” -10 de
febrero- con el entierro simbólico del “pepino chorizo sin calzón”, un arlequín aymarizado que ha devenido en símbolo del
carnaval de La Paz.

Las Alasitas

Aunque tradicionalmente ha sido una fiesta paceña, la feria de Alasitas se ha ido
desparramando por todo el país.

“Cosas de indios” para algunos, esta frase sin embargo no refleja lo que ocurre en barrios
eminentemente mestizos, blancoides incluso, como Sopocachi, barrio chic, bohemio de la urbe paceña donde se
encuentra lo mismo la Alianza Francesa que bares de jazz y rock.

Ahí, el mediodía del 24 de enero se produce año con año una estampida de porteros y empleadas
del hogar lo mismo que de sus acomodadas patronas/es hacia la plaza Abaroa,
para adquirir en miniatura todo aquello que se desea tener en el año y hacerlo
ch’allar  en la esquina de la plaza, con humo de incienso y alcohol, por un yatiri (sacerdote tradicional), para luego
colgárselo a la pequeña figura del Ekeko, con la esperanza de que el sueño se
haga realidad.

Aunque hay una feria central de la Alasita en La Paz, que ofrece más variedad de objetos y
precios más accesibles, en cada barrio de la ciudad y afuera de las iglesias
católicas se expenden las miniaturas. Los bancos, los salones de belleza, las
escuelas y toda clase de oficinas se vacían mientras sus ocupantes corren en
pos de concretar sus ilusiones.

El Ekeko era deidad de la fertilidad, la abundancia y la prosperidad en antiguas culturas prehispánicas
como la Tiwanacota, la aymara o colla y la inca. Las miniaturas: saquitos de
maíz, papa, chuño (papa deshidratada), llamas (camélidos andinos) y un largo
etcétera de objetos de una cultura agrícola, eran bendecidos el 21 de diciembre
–solsticio de verano en el Cono Sur- al iniciar la temporada de lluvias para
pedir cosechas abundantes a la Pachamama.

La historia que se cuenta sobre este personaje dice que luego del cerco a la ciudad de La Paz, derrotada
la sublevación aymara de 1781 contra los españoles dirigida por Tupaj Katari (el
caudillo indígena Julián Apaza, quien antes de ser descuartizado por los
vencedores advirtió “volveré y seré millones”), el gobernador Sebastián
Segurola dictó una ordenanza para que en adelante la feria de Alasitas se
celebrara el 24 de enero, día de Nuestra Señora de la Paz, bajo cuya protección,
decía, la ciudad había sobrevivido al asedio indígena.

Ahora el Ekeko viste ropa urbana, aunque sigue usando ojotas (huaraches) y sobre su lluch’u
(gorro andino con orejeras) lleva un sombrero de ala ancha. Rechoncho y sonriente
bigotón, carga con saquitos de harina, latitas de conservas, camaritas de video
y de fotografía, radios, Dvd´s, Ipods, autitos de todo tipo y marca, casitas o
edificios, herramientas para mecánica, carpintería, albañilería… y montones, enormes
montones de billetes bolivianos, de dólares, de euros, todo en miniatura.

Algo importante: al Ekeko no hay sólo que pedirle, hay que darle. Se le compran más cositas cada 24
de enero, se le hace fumar el primer viernes de cada mes…

Signo de los tiempos en un país que tiene 9 millones de habitantes en su territorio y entre 2 y 3
millones en el exterior: Estados Unidos, España, Argentina, Brasil como algunos
de los principales destinos, por dos bolivianos (cerca de 2.80 pesos mexicanos)
se consigue una diminuta “maleta del millón” con todo para el éxito en el
exilio económico: dólares o euros a elegir por esa suma, billete aéreo,
pasaporte, visa y varias tarjetas internacionales de crédito.

Uno puede conseguir demás mini certificados de salud, pequeños títulos de cualquier profesión
expedidos por las diversas universidades bolivianas, tiendas súper equipadas de
abarrotes, vinaterías, consultorios para dentista con todos sus aparatos y por
supuesto, todo tipo y modelo de muñecos y muñecas, además de simbólicos gallos,
para quien busca novio o gallinas, para pedir una novia.

Quizá en las lasitas de 2005 haya habido un mini palacio
Quemad
o –sede de gobierno- que se le hizo realidad en 2006 al primer
presidente indígena boliviano, Evo Morales y a quienes le dieron su voto. El y
algunos de sus ministros, además del occidentalísimo vicepresidente Alvaro
García Linera, bailaron en los carnavales de ese año disfrazados de pepinos. Este año bailaron en Oruro, en
Orinoca –el pueblo orureño de Evo- y en La Paz, disfrazados de si mismos.

Las entradas de carnaval

Aunque el de Oruro, declarado por la UNESCO como Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad en 2001, es el más importante e impactante por sus raíces indígenas, afrobolivianas  y españolas, la fastuosidad de los disfraces y el número de danzantes –este año se estimó que fueron 45 mil las y los bailarines y 6 mil los músicos que participaron en él- otros más se realizan, también con masivos contingentes: los de las ciudades de La Paz y Cochabamba, con cierta similitud con las comparsas orureñas y el de Santa Cruz con fuerte influencia de las escuelas de samba brasileñas.

El carnaval de Oruro tiene 47 comparsas de hasta 600 bailarines y más o menos cada 100 bailarines va una nutrida banda con trompetas, tubas, tambores, trombones… Aunque se supone que es una peregrinación que recorre unos 4 kilómetros por la ciudad hasta llegar al santuario de la Virgen del Socavón, más conocida como de la Candelaria, es, como todas las festividades aquí, una mezcla de la religiosidad indígena con la católica y un conjunto de celebraciones “paganas” que culmina con
una borrachera masiva.

Muchos de los bailarines hacen promesa a la virgen de, a cambio de algún favor, danzar durante tres años en esa entrada, que tiene una duración de más de 20 horas el
sábado y un poco menos el domingo. Ellos costean los lujosos trajes, muchos muy caros, algunos con pesadas máscaras de yeso, de lata o de látex, que los
danzantes no se pueden quitar durante la “peregrinación” so pena de multa a la cofradía a la que pertenecen.

Entre los conjuntos más espectaculares están las diabladas –siempre encabezadas por un ángel- y las morenadas, que recuerdan a los negros traídos como esclavos para reforzar el trabajo de los indios en las minas.

Muy vistosas y cada vez más acosadas por las organizaciones ecologistas por el uso de coloridas plumas de especies de aves en extinción o pieles de jaguar, son las comparsas de los indios Tobas y de los  Suris Sicuris, entre muchas otras en las que, curiosamente, había este año más mestizos e incluso blancos danzando que personas con rasgos indígenas.

Tanto en Oruro como en La Paz, los minutos entre el paso de una comparsa y otra son utilizados por el público, que paga entre 15 y 200 bolivianos por un asiento en las graderías, para hacer una guerra con globos llenos de agua y todo tipo de pistolas de agua, algunas como ametralladoras de gran potencia, y botes de espuma a
presión, que hacen forzoso para quien no quiere salir empapado, el uso de impermeables de nylon que se pueden conseguir por un boliviano.

Aunque la alcaldía paceña hizo una campaña para que no se moje a quienes no entran al juego, la recomendación no dio resultado ni ahí ni en otro lado. La agresividad de la
masa desinhibida por la venta indiscriminada de cerveza y otras bebidas alcohólicas resultó al final de las fiestas en acciones violentas y accidentes
carreteros que este año dejaron 28 muertos y 217 heridos.

La fuerza del dinero que corre por los patrocinios cerveceros a todas las fiestas populares quedó en claro en Oruro cuando, en 2007, el concejal del gobernante Movimiento al Socialismo (MAS) Arturo Alesandri, logró que se aprobara un reglamento municipal para declarar “ley seca” durante el carnaval. Miembros de la
Asociación de Conjuntos del Folklore de Oruro (ACFO), que es la que controla todo lo relativo a esa fiesta, entraron al concejo y tomaron de rehenes a los
concejales hasta que derogaron esa disposición.

Este año La Prensa reportó que la Cervecería Boliviana Nacional pagó a la ACFO 490 mil bolivianos (unos 65 mil 300 dólares) por tener
la exclusividad de su producto en el trayecto carnavalero y el oficial Canal 7 de televisión pagó 18 mil dólares por la transmisión exclusiva del evento, que
en los cuatro días que dura generó un ingreso de más de 200 mil dólares para esa asociación.

Sin salvarse de esa dinámica etílica la Jisk´a Anata sin embargo tiene más participación de danzarines indígenas que cargan flores y frutas, símbolo de la cosecha y los
conjuntos van acompañados por instrumentos de viento andinos, pinkillos, sikus (zampoñas), tarkas, quenas, pututus, bombos y tamborines.

La ch´alla

El martes de ch´alla, La Paz amaneció estremecida por los cohetillos -que se queman para espantar la energía negativa- retumbando por todas partes. La
ch´alla es la ofrenda de agradecimiento a la madre tierra, la Pachamama, por todos los bienes materiales obtenidos en el último año y hay quienes dicen que éstos
se deben ch´allar obligatoriamente tres años seguidos.

No es tan evidente en el exterior de las mansiones de los barrios de la zona sur de la ciudad como en la indígena ciudad conurbada de El Alto, donde la mayoría
de los inmuebles se adorna con globos y serpentinas, se riega con confeti, pétalos de flores, confites, cerveza, alcohol y “vino del indio” (una especie de jarabe
con alcohol) pero el traqueteo de los cohetes aquí y allá indica que se practica este ritual.

Donde es más obvio es en los automóviles, lo mismo las carcachas que los de lujo, que además de adornarse con globos y serpentinas son rociados con cerveza, igual
que los inmuebles y las gargantas de los ch´allantes.

En los terrenos e inmuebles en construcción se quema con leña una “mesa” u ofrenda que incluye lana de llama, un feto de llama, pan de oro y plata, confites,
figuras hechas de azúcar de una casa, un auto, la Pachamama,  animalitos, grasa de llama… todo lo cual se ch´alla con alcohol y vino, se agregan hojas de coca, se envuelve en papel blanco, se quema y sus restos se entierran.

Ocasión festiva muy social, la ch´alla suele culminar con una parrillada o un apthapi, bufet andino éste en el que se colocan sobre un aguayo (manta tejida) tendido en
el suelo diversas servilletas de tela con papas cocidas, pescado frito, chuño, huevos cocidos, granos de maíz hervidos, pedazos de carne frita y cualquier
otro alimento que se pueda comer con la mano. Cada quien va tomando de ahí lo que le apetece.

Para cerrar las fiestas, el domingo viene la muerte simbólica del “pepino chorizo sin calzón”, al que acuden a llorar múltiples viudas que ha ido seduciendo
durante las carnestolendas -de que las comparsas de pepinos son efectivas en sus picardías dan fe las múltiples wawas (bebés) que nacen nueve meses después-. Sigue finalmente otra entrada folklórica, fundamentalmente de ch´utas.

Estos personajes antes eran interpretados básicamente por indígenas, con elegantes trajes bordados con chaquetillas, pantalón abombado, máscara de k´ara (blanco) y se dice son una sátira de los hacendados criollos. Los ch´utas choleros (cholita le dicen a la mujer indígena que usa su traje típico) suelen
bailar con dos cholitas. Estas comparsas acompañan el entierro del pepino hasta el cementerio, de donde será desenterrado al año siguiente para recomenzar el ciclo.

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